Por Pamela Fink
Cuando una figura que siempre ha estado ahí se desvanece pareciera como si todos compitiesen en quién puede hacerle el homenaje con mayor velocidad así como un exceso de palabras genéricas que se han repetido tanto que poco o nada ya significan.
El último de los Surrealistas se ha marchado para dejarnos con el absurdo y lo carcajeante que le parecía la vida exhalando su último suspiro rodeado de su familia y seres queridos en San Miguel de Allende.

Quien tomase notoriedad por su ya tan característica silla-mano en los sesentas fue el contemporáneo de maestros como su tutor expresionista en arquitectura Mathias Goeritz o los afamados surrealistas Carrington y Edward James.
En sus tiempos de estudios arquitectónicos, el artista sintió repele por la cuadratura mental de los tutores que hacían directa reminiscencia a los enemigos del fuera de serie Howard Roark protagonista de la novela objetivista por excelencia de Ayn Rand, “El Manantial”.
Al único tutor por el que sintió afinidad en su rebeldía fue con el gran Mathias Goeritz quien era un impulsor de las ideas poco convencionales de su alumno así como el autor de las ya famosas Torres de Satélite.

Otra de sus impulsoras fue la enorme Remedios Varo quien lo aconsejó de realizar su primera exposición en la Galería Diana y con la que tuviera algo de éxito al vender sus primeras tres obras.
Ya tiempo después generaría su pieza más famosa a la que considera una escultura fea y una silla semi-cómoda que cobró tal notoriedad que vendió miles de reproducciones unas de su autoría y otras de la más aclamada piratería china; ambas indistinguibles en su espíritu surrealista.
El enemigo del arte minimalista y amante de la geometría sagrada a la Alex Gray pero con mayor simbología, consideraba que lo divino se hallaba en la naturaleza y en el arte cuya creación le bastaba para plasmar lo que no podía expresar en las absurdas palabras.

Tal vez una novela con la que podamos comprender la creación de Friedeberg sea tras consultar el breve texto de Erasmo de Rotterdam titulado “Elogio de la Locura” en donde se nos narra los beneficios de estar zafados de la cabeza y la nobleza y creatividad que van con ello.
Tras haber visto el documental “Pedro” de Liora Bialostozky, sentimos que podemos entender más la personalidad entrañable y enfurruñada de Pedro en donde la más simple de las frases conlleva un doble significado del que uno solo se percata tras una escucha con detenimiento.

Tras su fallecimiento que ojalá fuese de morir en un ataque de risa como el autor así lo deseaba, su legado seguramente continuará gracias a las labores de Diana y David Friedeberg que con sus proyectos como Casa Diana museo con muchas piezas del autor así como Friedeberg Kids cuyos diseños lúdicos para niños están basadas en la obra del tan querido autor.
Invitamos a todos nuestros lectores a volarse la cabeza y a pensar más allá de nuestras posibilidades hasta llegar a este absurdo que llamamos vida.
